Aviso por correo

martes, 15 de noviembre de 2011

La Montaña mágica

Nunca olvidaré esa tarde...

Estaba sentado frente a mi en el tren.

Leía como embrujado "La montaña Mágica" de Thomas Mann, y supongo que el destino y... sus caprichos, hizo que yo también estuviera leyendo el mismo libro, con la peculiaridad que me había atrevido con él en su idioma original. Mi profesor de Alemán nos retó a leer una "obra maestra" y yo sin dudarlo elegí ésta.

-Hola
-Hola
-¿Por que capítulo vas?

-Por el V, a Castorp le han hecho una radiografía y está flipado mirando los huesos de su mano sin carne...¿Has leido La montaña mágica?
-Si, la leí hace unos años y ahora la estoy releyendo, -le dije, mientras le mostraba mi libro-
- ¡Joder!, si está en alemán! ¿Hablas alemán?
-Bueno, estoy en ello, es un trabajo para clase. Me llamo Clawdia -le dije extendiendo mi mano-
-¡Bah! es una broma ¿no?
-¡Claro! solo pretendía emular a Madame Chauchat y hacerme la interesante delante de tí...
-Ya... pues puedes llamarme Castorp, porque me parece que me acabo de enamorar de ti...
-Ja ja ja... ¿Qué te parece si formalizamos nuestra relación cuanto antes no vaya a ser que nos pille una "tuberculosis" y tengamos que ingresar en algún hospital de Los Alpes Suizos?


La casualidad volvió a sorprendernos cuando me dijo que tenía 23 años, como Castorp, y yo acababa de cumplir 28, como Clawdia, pero afortunadamente nuestro encuentro no se dio en ningun hospital ni tampoco yo estaba entonces casada con un alto funcionario ruso, pero lo que si vi en sus ojos fue una devoción similar a la que el protagonista de "La Montaña Mágica" sintió por Clawdia.

Llegamos a la última estación sin darnos apenas cuenta. Tanto él como yo, debíamos haber bajado del tren en paradas intermedias del recorrido pero enfrascados en nuestra conversacion, ni nos dimos cuenta que el tiempo y nuestra parada habían quedando atras. Decidimos pasar toda la tarde juntos, hablamos de literatura, música, viajes... pero no hablamos de nuestros verdaderos nombres ni de nuestras vidas. Paseamos por un barrio lejano, desconocido y nos despedimos cuando el sol ya se había ocultado.

Han pasado más de 20 años desde ese encuentro y no puedo evitar cada vez que tomo el tren, mirar a derecha e izquierda e inquirir con la mirada a todos los que van leyendo a mi lado, tal vez busco otra coincidencia en nuestras lecturas, o...tal vez busco a Castorp...

No hay comentarios:

Publicar un comentario